NI SUECIA NI DINAMARCA, GALENOS EN LA REPÚBLICA MENTIROSA

Por un momento creí que el texto de esta semana lo iba a poder a hacer desde la comodidad de una sala de espera de un hospital público, limpio, con montones de especialistas confiables, no saturados y el instrumental más avanzado de todo el mundo, los pacientes con tiempos de espera menores a 20 minutos, recibiendo un trato digno y saliendo con sus recetas médicas absolutamente surtidas, sintiéndose muchísimo mejor de como llegaron. Después haría una pausa para comer, salir al restaurante de al lado sin decidirme en pedir unas enchiladas de mole, unas kötbullar (platillo sueco) o un plato de frikadeller (comida típica danesa).

Pero no, como no es lo mismo ser borracho que cantinero, la promesa de tener un sistema de salud como el de Suecia o Dinamarca en tan sólo un año, no fue cumplida por nuestro mandatario que echó toda la carne al asador – no importa que fuera mezclada con porciones generosas de aderezos de mentiras – para lograr su cometido y hoy sólo reír y, literalmente, echarle la culpa de este sistema de salud a los puercos neoliberales.

Por paradójico que parezca, la llegada de la pandemia por COVID 19 evidenció aún más – por si eso fuera posible – al pésimo sistema de salud que tenemos en México con, adicionalmente, una institución de seguridad social como el IMSS en la quiebra absoluta dirigido por quien tenía como experiencia previa un escaño en el Senado y ser el junior de un ex gobernador bastante cuestionable.

PASANTES O ESCLAVOS

Basta con elegir al azar un tópico en materia de salud para encontrar múltiples inconsistencias, sin embargo, en memoria del médico Jorge Alejandro López Rivas, interno del de pregrado en el Hospital General de Ecatepec “Dr. José María Rodríguez”, vamos a revisar desde la óptica legal y las circunstancias actuales que rigen el extenuante trabajo de los médicos residentes y el abandono que han sufrido, al grado de ser una parte importante en la lucha de la pandemia ante la falta de personal e insumos médicos.

Para comenzar debemos decir que no existe una definición legal del termino “pasante” o “médico interno de pregrado” como le suelen llamar las instituciones educativas. Sin embargo, a grandes rasgos, son estudiantes que se encuentran cursando más allá del quinto semestre de alguna carrera relacionada con las ciencias médicas o de la salud y que, por disposición oficial tanto educativa como de salud, deben prestar su servicio social. Y para este punto, los artículos del 84 al 88 de la Ley General de Salud, señalan que los pasantes de profesiones para la salud deben prestar su servicio social.

Resulta curioso que esos programas deben ser determinados entre la autoridad de salud y las educativas, pero, preferentemente en unidades de primer nivel de atención y en zonas de bajo desarrollo económico y social. Es decir, deben prestar sus servicios, sin paga en zonas de difícil acceso, con escasos servicios y, muchas veces, con una alta peligrosidad sin que se señalen obligaciones de las autoridades para con esos jóvenes.

Esas caras de cansancio que vemos en amigos y familiares que saben que mientras sus demás compañeros de otras carreras ya acabaron sus estudios mientras a ellos les falta el tramo más difícil, se ven reflejadas en una nula base legal que los proteja en materia laboral y, desde luego, salud. Por obvias razones en estos estudiantes tenemos inexperiencia que, con el ingrediente COVID19, se agudizó por la falta de insumos y personal que los instruyera en los procedimientos, lo cual los ponía en una situación de alta vulnerabilidad y que orilló a las autoridades de la UNAM y del IPN a retirar a sus estudiantes de las clínicas hasta que hubiera condiciones que salvaguardara su integridad.

RESIDENTES MEDIO REGULADOS POR DECRETO

El tema de los pasantes está agotado prácticamente con la percepción del abandono en la Ley General de Salud, pero un tema aún más complejo es el de los residentes. Y es más complejo porque ya no son los estudiantes que pueden sobrevivir el día con unos chee-tos, unos choco roles y una coca cola, sino que son profesionales de la medicina que, en su afán por especializarse como lo mandata cualquier intención de superación – más en una profesión tan compleja como la medicina – alargan su periodo de instrucción años más. Y es más relevante porque acá sí hay una base normativa, ridícula, pero la hay.

El residente médico es un profesionista de medicina que ingresa a una clínica, hospital, instituto o unidad médica que abre su convocatoria para recibirlos con el fin de hacer una especialidad médica – o residencia tal cual – que consta de actividades específicas, asistencia a médicos especialistas o programas de investigación, con la finalidad de obtener el grado. Los residentes, ya tendrían la posibilidad de ejercer como médicos generales pero buscan especializarse en una de las muchas áreas del conocimiento de las ciencias de la salud, lo cual quiere decir, que, en comparación con otros profesionistas, ya tendrían su fiesta de graduación, su foto con toga y birrete, además del reconocimiento de sus vecinos con el mote del “Doc”, como cuando uno va a los tacos y ya lo reciben con el clásico “ya llegó el Lic., atiéndalo rápido” cuando ni un maldito expediente sabemos pedir todavía.

Los residentes se regulan de forma concreta por primera vez el 19 de octubre de 1983 – aunque ya en 1977 se establecieron algunos aspectos relacionados en la Ley Federal del Trabajo como veremos más adelante- por medio de un Acuerdo del entonces Presidente Miguel de la Madrid. Dicho acuerdo denominado “Acuerdo por el que se crea la Comisión Interinstitucional para la Formación de Recursos Humanos para la Salud”. La intención del acuerdo era coordinar esfuerzos entre la Secretaría de Salubridad y Asistencia – hoy Secretaría de Salud – y la Secretaría de Educación Pública para crear programas que permitan formar personal médico desde las escuelas, razón por la cual surge la figura de residentes como los estudiantes de grado que, además de recibir la enseñanza, colaborarán como parte del personal médico.

LA NOM INSUFICIENTE

Esta Comisión prevalece hasta la fecha con, prácticamente, la misma estructura y funciones, además de atender todo lo relativo a los programas de servicio social y de el Examen Nacional de Residencia Médicas, el cual es el filtro para aceptar o rechazar a médicos que pretenden realizar una especialidad. Relacionado con esa Comisión y la intención educativa para los médicos tenemos la Norma Oficial Mexicana NOM-001-SSA3-2012, Educación en salud. Para la organización y funcionamiento de residencias médicas, la cual, sobretodo, se refiere a temporalidad, condiciones generales y principios – pocas veces alcanzables –  de las residencias médicas.

Es en esta NOM donde se define al residente como el profesional de la medicina que ingresa a una unidad médica receptora de residentes para realizar una residencia médica a tiempo completo y a la residencia como el conjunto de actividades académicas, asistenciales y de investigación que debe cumplir el médico residente dentro de las unidades médicas receptoras de residentes, durante el tiempo estipulado en los programas académico y operativo correspondientes. Entre esas definiciones se incluye el trabajo extenuante de los residentes que hacen mucho más de lo que sus funciones les señalan.

Es preciso señalar que esa definición de residente, por increíble que parezca, no se encuentra en la Ley General de Salud, lo cual quiere decir que están absolutamente olvidados en el esquema y beneficios del sistema de salubridad nacional.

LABORALES PERO NO DERECHOS

Donde sí se mencionan es en la Ley Federal del Trabajo de los artículos 353-A a 353-I. Además de las definiciones, se enlistan más obligaciones de derechos, reduciéndose estos a que en la jornada laboral junto al adiestramiento en la especialidad, tanto en relación con pacientes como en las demás formas de estudio o práctica, y los períodos para disfrutar de reposo e ingerir alimentos, lo cual es nugatorio cuando se trata de combatir porque saben que pueden perder una oportunidad única.

LIMOSNAS PA RA BLANQUEAR BATAS

Ahora la parte más fuerte. Debemos considerar que, usualmente, los médicos que inician una residencia, por el tiempo transcurrido, ya tienen una familia en la cual deben aportar económicamente, sin embargo, a pesar del enorme trabajo y esfuerzo que hacen, el salario promedio es de 14 mil pesos mensuales, frente a los cinco mil dólares mensuales que percibe un residente en Estados Unidos de América – cuestión a la que habríamos que descontar el pago del préstamo de las universidades, pero aún así el salario es mucho más digno – además de contar con seguro médico de calidad y seguro dental.

Con la pandemia, la forma en que trabajan las instituciones de salud públicas permitieron que médicos con condiciones de salud riesgosas o de edad avanzada se ausentaran de sus funciones, las cuales, adivinen quiénes las absorbieron: en efecto, los residentes, quienes, además, tuvieron que llevar a cabo sus actividades académicas por el mismo salario y con escasas medidas de protección, porque encima de todo no podían invocar el hecho de tener una patología que los arriesgara más.

MENOS ESTATUAS MÁS DIGNIDAD

No se trata de poner capas, publicar en redes sociales nuestro apoyo, ni dedicarles partidos de futbol. Se trata de establecer condiciones mínimas en la ley que les otorguen una vida digna y que les salven la vida, porque los que hoy caen enfermos de COVID, casi siempre han ido sufriendo los estragos de una vida estresante.

En concreto, qué requerimos para dejar de hacerlos héroes y dignificarlos como humanos:

  • Redefinir sus funciones, derechos y obligaciones en la Ley General de Salud.
  • Establecer, de forma concreta, en la Ley Federal el Trabajo, los derechos que les asisten, entre los cuales, se debe firmar un contrato particular por los servicios que prestan.
  • Capacitación especializada antes de afrontar eventos críticos como la pandemia.
  • Señalar en el marco normativo la obligación de todos los hospitales, públicos y privados, para dotar de todos los insumos y material de protección cuando tengan contacto con enfermedades contagiosos.
  • Prescribir respaldo legal en caso de controversias con pacientes o sus familiares.
  • Jornadas de trabajo dignas en el que se respeten horarios, días y horas de descanso, además e trato respetuoso por parte de los titulares de los espacios hospitalarios.
  • Retabulación salarial que les permita cubrir sus gastos y de su familia en el entendido que ya son profesionistas con un nivel académico respetable.
  • Fiscalizar la aplicación de los exámenes para residencias para evitar corrupción en la asignación de lugares.

Sólo de esa forma formaremos médicos de calidad y con espíritu de servicio. Estamos muy lejos de los países nórdicos, esa mentira habrá que archivarla, pero tampoco se trata de hundirnos cada vez más y sacrificar médicos para alimentar las fauces del discurso rosa y mentiroso que nos han estrellado en la cara. No es problema del neoliberalismo, es responsabilidad del estadista, donde quiera que este se encuentre.

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